El extraño
Esa tarde de granizos , el maestro se veía sonriente, descubría en el semblante un regocijo abrillantado, como si estuviera saboreando a plenitud el cumpleaños y la alegría navideña, a punto de empezar la rumba. Había corrido una jornada azotada por granizos, los truenos no cesaban de anunciar tempestades, pero, a su vez, había trascurrido una mañana entera y media tarde, bastantes creativas, satisfechas con la arcilla. La escalera al paraíso se había movido solita, y además, tan sólo le faltaba un poquito para terminar un busto tallado, en cedro morado, que llevaba por nombre Chancaca. En la cueva agreste, los violines de las cuatro estaciones de Vivaldi se escuchaban nítidos, vaporosos, pero por encima de los violines de verano, otoño, invierno y primavera, se escuchaba el golpeteo de granizadas que martillaban los tejados de la casona de la hacienda. El maestro se sentó en un trono de cuero tallado en el espaldar, frente al escritorio de madera rústi...