El silencio de la página en blanco
Desde la buhardilla divisaba una terraza en la que se hallaba a la intemperie una mesa ovalada cubierta de lama de distintos morados, y alrededor seis taburetes construidos con orillos de pino. El profesor se descubría tan habituado a la clausura en donde vivía lejano de la ciudad y distante de algarabías, que después de un cuarto de siglo de dormitar, asilado, en la buhardilla, aún le sorprendía despertar de madrugada, enrollar las persianas, asomarse a los ventanales, y encontrarse con la esplendidez de un nuevo amanecer en el campo. El profesor no necesitaba despertador, pues la una, las tres y cinco en punto, se las cantaba un gallo rumbo que roncaba a esas horas como si le estuvieran torciendo el pescuezo. Desde el camastro, a través de los ventanales, entre el marco de una espesura de sauces llorones y araucarias, los cuales entretejidos alineaban dos hileras que parecían un callejón en embudo, se insinuaban las faldas del volcán Puracé. Al despertar, salta...