Memoria de los instantes sin muerte
Durante algunos años Antonio Santamaría El Quijote desfiló en paseíllos en los festejos patronales de Silvia, Caldono, Ambato, Mosquera, San Pablo, en otros pueblos de Nariño y el Ecuador, en tantos pueblos y placitas de toros, cuyos nombres no recuerdo. En aquellos años cuando trajinó por ruedos de postín y de poca solera, como en unas trece o quince faenas le eché vistazos desde el burladero de periodistas. Todavía lo recuerdo, acaecieron varias tardes de domingos: unas de vueltas al ruedo y salidas en hombros, otras de petardos, en las que mordiendo la arenisca se encontró de frente con la muerte cercana que lo saludó a centímetros de distancia, y siguió de largo. Para esas citas domingueras con la muerte cercana, se engalanaba, unas veces, vestido de traje corto sevillano, otras, en traje de luces esmeralda y oro viejo, y era tremendo fijarle miradas en el ruedo, pues con duende la esperaba de rodillas, echando cojones, con el capote desplegado, ...