Soledad sin medida
Todavía lo tengo presente, desde esa noche, una noche fresca, sin luna y tranquila, cuando se marcharon y nunca regresaron quienes vivían en el Portal de Yanaconas, cuando el maestro anduvo dando tumbos por los potreros, cuando emprendió la huida sin detener los atajos, cuando se convirtió en comensal y sólo comensal de su soledad sin medida, no durmió, jamás, en el colchón desnudo de la cama doble del matrimonio, no ingresó, para nada, a la habitación espaciosa que un cuarto de siglo atrás fue de Irene y también la suya, no retornó con ningún pretexto a la sala, al comedor principal de la casona, ni a la habitación del ginecólogo y la pediatra. Allá en el Portal de Yanaconas parecía como si la neblina espesa que descendía enroscada desde la cresta del volcán Puracé, se hubiera aposentado en los lares, en las esquinas, y aflojaba la impresión como si todo se hubiera desvanecido en el extravío. En las madrugadas cuando el maestro transitaba de largo hacia el óvalo de cristales, ...