El cumpleaños del Juez de Timbío
Aquella madrugada del domingo de ramos, cuando Lorenzo Santamaría abrió los ojos, volteó a mirar el almanaque que colgaba de la puerta del baño, y en medio del guayabo que le partía la cabeza en cuarenta pedazos, advirtió que era el 9 de abril, el día de su cumpleaños. -¡Cómo se han fugado los años. ¿Cuántos de soledad en este mismo cambuche? Treinta y pucho de años puebliando de juzgado en juzgado y dando pedal sin cadena -dijo, en voz algo subida, mientras se desperezaba mirándose al espejo. Aquella era la inocultable realidad del Juez de Timbío en el día de su cumpleaños, cincuenta y no sé cuántos. Su entorno seguía idéntico e invariable. Ahí se hallaba Lorenzo Santamaría en un apartamento de tres alcobas, un refugio de cemento, ubicado en un barrio sin nombre, que había comprado a crédito, a quince años, con el adelanto de las cesantías, y aun no terminaba de pagar. En su dormitorio, se hallaba la cama doble, testigo muda de los vacíos de amore...