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Mostrando las entradas etiquetadas como Creación narrativa

El silencio de la página en blanco

Desde la buhardilla divisaba una terraza en la que se hallaba a la intemperie una mesa ovalada cubierta de lama de distintos morados, y alrededor seis taburetes construidos con orillos de pino. El profesor se descubría tan habituado a la clausura en donde vivía lejano de la ciudad y distante de algarabías, que después de un cuarto de siglo de dormitar, asilado, en la buhardilla, aún le sorprendía despertar de madrugada, enrollar las persianas, asomarse a los ventanales, y encontrarse con la esplendidez de un nuevo amanecer en el campo.  El profesor no necesitaba despertador, pues la una, las tres y cinco en punto, se las cantaba un gallo rumbo que roncaba a esas horas como si le estuvieran torciendo el pescuezo. Desde el camastro, a través de los ventanales, entre el marco de una espesura de sauces llorones y araucarias, los cuales entretejidos alineaban dos hileras que parecían un callejón en embudo, se insinuaban las faldas del volcán Puracé. Al despertar, salta...

Soledad sin medida

Todavía lo tengo presente , desde esa noche, una noche fresca, sin luna, tranquila, cuando se marcharon quienes vivían en el Portal de Yanaconas, cuando el maestro anduvo dando tumbos por los potreros, cuando emprendió la huida sin detener los atajos, cuando se convirtió en comensal y sólo comensal de las miradas de quienes se marcharon y nunca regresaron, no durmió , jamás, en el colchón desnudo de la cama doble del matrimonio, no ingresó, para nada, a la habitación que un cuarto de siglo atrás fue de Irene y también la suya, no retornó con ningún pretexto a la sala, al comedor principal de la casona, ni a la habitación del ginecólogo y la pediatra. Allá en el Portal de Yanaconas, parecía como si la neblina que descendía enroscada, desde la cresta del volcán Puracé, se hubiera aposentado en los lares, en las esquinas, y aflojaba la impresión como si todo se hubiera desvanecido en el extravío. En las madrugadas cuando el maestro transitaba de largo, con su talegada de ensueños, ...

Sacha, la Golden Retriver

Cuando Sacha dormía en las noches enmudecidas, se echaba de medio lado en el piso de la buhardilla, con las patas encogidas en un tapete de fique, pero cuando el frío era de ocho grados, se trepaba y encogía a los pies del camastro en el que dormía el maestro; así dormían y se arrunchaban pegaditos. Sacha, la golden retriver de un dorado moreno, color panela, era su compañera de correrías, le seguía el rastro a donde saliera, a caminar en las noches, de madrugada, a cualquier hora, sin detener los vagabundeos.  Cuando salían de correría, armaban el fiambre con cinco o siete tamales de pipiam y bolsitas de carantantas, y cuando no llevaban tamales ni carantantas, enmochilaban barras de pambazo hechas en el horno de leña, untadas de caramelo de guayaba espesa, con tajadas de queso campesino, en el medio.  El maestro y Sacha caminaban cuatro, cinco y hasta ocho horas, sin tregua, quizás en persecución de nada, por unas trochas demasiado dilatadas, iluminadas por la lu...

El cóndor tuerto

Pasadas las siete y media de la mañana , el maestro se encaminó hacia el taller con los bocetos de una figura que se alcanzaba a ver con los brazos serruchados a la altura de los hombros, mutilado abajo del ombligo, con la cabeza descuajada, como si fuera un arrume de huesos colgados en la espalda. Eran unos bocetos que dibujó al carboncillo, en unas servilletas nacaradas, mientras desayunaba con caldo espeso de mollejas y riñones de cordero asados en la hornilla. Además, alcancé a escuchar que acariciaba el propósito de cuajar los últimos retoques a una escultura en hierro colado que llevaba por nombre Escalera al paraíso. Serían por ahí las tres y media de la tarde cuando terminó de pulirla, cuando la Escalera al paraíso, de repente se movió solita. El maestro la miraba con regocijo sereno, a la vez que los trashumantes en hierro colado, en fila, enganchados de los dedos meñiques, siete en ascenso, uno detrás del otro, se movían de manera liviana como si estuvieran flotando. Por ...

Poética de la soledad

Hacía muchos calendarios, casi un cuarto de siglo, que el maestro dormía en una buhardilla, y hacía no sé cuántos almanaques se lo veía enhebrando palabras en solitario, y de un momento para otro se ponía a echar lengua con Sacha.  En la buhardilla que le servía de asilo, se hallaba una cama sencilla, construida en guadua, parecida a esos catres que conservan en su aposento los monjes agustinos, además, se veía una mesita de noche redonda, y un taburete de un metro escaso de largo, tapizado en su asiento con tela de costal. En la mesita se ubicaba un transistor Sony, de doce bandas, y un candelero de cobre, de tres brazos, con un pucho de vela de cera de abejas, en el centro, que encendida en las noches lo acompañaba con su llama sesgada. Las paredes de la buhardilla, de arriba abajo, se descubrían forradas con papel de colgadura, color mandarina, que expelían un olor ligero a sándalo. Arrimada a la pared del lado izquierdo, se levantaba una estantería construida con tab...

El portal de yanaconas

El Portal de Yanaconas, ubicado en la cresta de una montaña silenciosa, rodeado de una espesura de araucarias y sauces llorones , allá en la vereda de Pueblillo, a las afueras de Popayán, demasiado lejos del parque Caldas, del centro histórico de la ciudad y del claustro de Santo Domingo, era una construcción levantada como muchos de los caserones tradicionales de Popayán: con vigas de yarumos, postes de guadua inmunizada, bloques de tierra pisada, adobones repellados con boñiga y barro blanqueado a punta de hisopo y cal viva. El entramado del cielo raso se descubría entretejido con caña brava, amarrada con rejos. Los pisos eran de ladrillones, y los corredores empedrados se hallaban custodiados por barandas construidas en guadua inmunizada, con aceite de motor quemado, en las que pendían unas veinticinco canastas grandotas de helechos volados, geranios enanos y orquídeas de color frambuesa. Las habitaciones de la casona de la hacienda eran un poco amplias, de techos no tan altos. E...